Más que nunca deseaba verte, fue un segundo de desesperación y al mirarte no supe que decir. Se arrimó a mis labios una sola palabra: - Tú. Ni siquiera yo sabía lo que quise decirte y me puse más nervioso cuando me preguntaste: - ¿Yo qué?. Y con la facilidad que no me caracteriza para salir de aprietos te dije que si eras tú quien días atrás había echo sonar mi móvil. No me creiste demasiado y con esa sonrisa que ya te caracteriza, y a pesar que apenas te conozco, me ridiculizaste. Me sentí tan pequeño frente a tus ojos. Era mejor partir, pero cómo superar aquel momento si había quedado tan expuesto. ¿Expuesto ante quien? ante tí o ante mí.
Por fin logré esquivarte, me dirigí hacia el puesto de revistas y libros ubicado en la calle principal, la más iluminada y a la vez la más oscura. De mi mente no podía alejar aquel momento, fue un disfraz que me vistió, y en cuanto a tí, ya no estabas. Miles de preguntas azotaban mi conciencia ¿cómo pude ser tan idiota?, debí haber dicho una frase inteligente, algo que me hiciera parecer interesante. Qué más dá, total ni siquiera estas conmigo. - ¿Lo va a llevar? me dijo el muchacho que trabajaba en aquella tienda. - ¿A qué? le pregunté. - Al libro que esta guardando en su abrigo, respondió. Para mi sorpresa, guardaba entre mis pertenencias un libro, sin querer, ni siquiera recuerdo haberlo hojeado, el escrito titulaba: "Cómo superar los momentos de crisis". Era uno de esos libros escritos por quienes yo llamo "sabelotodos", de esos que se toman la vida como si fuera un plato de cocina, un plato gourmet, y cada uno de los autores compite por dilucidar quien tiene la mejor receta.
Cuando regresé a mi lugar, otra vez pensé en él, aquel que ocupaba todos mis espacios llenos y vacíos, en él, que si hubiera un libro que me dé la receta para conquistarlo, el autor se haría un buen dinero; pues me compraría todas y cada una de sus ediciones, todo con el fin de tenerlo, sólo para mí. Ya eran las tres de la madrugada, qué inocente, en ningún momento se me cruzó por el pensamiento que había una posibilidad de que jamás lo vuelva a ver; de que nunca más sienta su calor. Y ese día pronto llegaría.
Muchas veces planee estrategias, fueron más que las canciones que escribía para enamorar, porque debía conquistar los corazones solitarios una noche llorarán hasta desangrarse y yo quería calmar su dolor. Mi sueño era ser escritor. Un reconocido o un olvidado y después de su muerte valorado escritor. Temo que no tolero la crítica. No lo sé, quizás así lograra conquistar el amor de mi vida entera, o por lo menos el mundo.
Una vez más sobrevino a mi memoria nuestro furtivo encuentro. Encuentro, que lo fue sólo para mí, porque a estas alturas no creo que ni recuerdes mi rostro. Aunque yo sí, ni siquiera la mujer que te trajo al mundo debe recordar todas y cada una de tus pecas, todos y cada uno de tus gestos. Y aquella sonrisa, esa que dió a mis días de Abril, la felicidad más completa y luego el dolor más inmenso y perturbador. Al viento cantaba, intentando sentir tu respiro en cada silencio, esta noche, en fin. No lo logré, sólo conseguí que un vecino, de esos viejos malhumorados me arrojara una botella vacía de vidrio. Qué enferma que es la gente de hoy, no pueden tolerar que un simple muchacho cante a las tres y media de la madrugada haciendo música con los tachos de la basura y unas viejas ollas oxidadas. Qué esperaba el infeliz. El rock no es una música para viejitos que van todos los días a la iglesia a las cinco y media de la mañana. De eso estoy seguro.
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