sábado, 19 de septiembre de 2009

Al viento

Más que nunca deseaba verte, fue un segundo de desesperación y al mirarte no supe que decir. Se arrimó a mis labios una sola palabra: - . Ni siquiera yo sabía lo que quise decirte y me puse más nervioso cuando me preguntaste: - ¿Yo qué?. Y con la facilidad que no me caracteriza para salir de aprietos te dije que si eras tú quien días atrás había echo sonar mi móvil. No me creiste demasiado y con esa sonrisa que ya te caracteriza, y a pesar que apenas te conozco, me ridiculizaste. Me sentí tan pequeño frente a tus ojos. Era mejor partir, pero cómo superar aquel momento si había quedado tan expuesto. ¿Expuesto ante quien? ante tí o ante mí.
Por fin logré esquivarte, me dirigí hacia el puesto de revistas y libros ubicado en la calle principal, la más iluminada y a la vez la más oscura. De mi mente no podía alejar aquel momento, fue un disfraz que me vistió, y en cuanto a tí, ya no estabas. Miles de preguntas azotaban mi conciencia ¿cómo pude ser tan idiota?, debí haber dicho una frase inteligente, algo que me hiciera parecer interesante. Qué más dá, total ni siquiera estas conmigo. - ¿Lo va a llevar? me dijo el muchacho que trabajaba en aquella tienda. - ¿A qué? le pregunté. - Al libro que esta guardando en su abrigo, respondió. Para mi sorpresa, guardaba entre mis pertenencias un libro, sin querer, ni siquiera recuerdo haberlo hojeado, el escrito titulaba: "Cómo superar los momentos de crisis". Era uno de esos libros escritos por quienes yo llamo "sabelotodos", de esos que se toman la vida como si fuera un plato de cocina, un plato gourmet, y cada uno de los autores compite por dilucidar quien tiene la mejor receta.
Cuando regresé a mi lugar, otra vez pensé en él, aquel que ocupaba todos mis espacios llenos y vacíos, en él, que si hubiera un libro que me dé la receta para conquistarlo, el autor se haría un buen dinero; pues me compraría todas y cada una de sus ediciones, todo con el fin de tenerlo, sólo para mí. Ya eran las tres de la madrugada, qué inocente, en ningún momento se me cruzó por el pensamiento que había una posibilidad de que jamás lo vuelva a ver; de que nunca más sienta su calor. Y ese día pronto llegaría.
Muchas veces planee estrategias, fueron más que las canciones que escribía para enamorar, porque debía conquistar los corazones solitarios una noche llorarán hasta desangrarse y yo quería calmar su dolor. Mi sueño era ser escritor. Un reconocido o un olvidado y después de su muerte valorado escritor. Temo que no tolero la crítica. No lo sé, quizás así lograra conquistar el amor de mi vida entera, o por lo menos el mundo.
Una vez más sobrevino a mi memoria nuestro furtivo encuentro. Encuentro, que lo fue sólo para mí, porque a estas alturas no creo que ni recuerdes mi rostro. Aunque yo sí, ni siquiera la mujer que te trajo al mundo debe recordar todas y cada una de tus pecas, todos y cada uno de tus gestos. Y aquella sonrisa, esa que dió a mis días de Abril, la felicidad más completa y luego el dolor más inmenso y perturbador. Al viento cantaba, intentando sentir tu respiro en cada silencio, esta noche, en fin. No lo logré, sólo conseguí que un vecino, de esos viejos malhumorados me arrojara una botella vacía de vidrio. Qué enferma que es la gente de hoy, no pueden tolerar que un simple muchacho cante a las tres y media de la madrugada haciendo música con los tachos de la basura y unas viejas ollas oxidadas. Qué esperaba el infeliz. El rock no es una música para viejitos que van todos los días a la iglesia a las cinco y media de la mañana. De eso estoy seguro.

sábado, 5 de septiembre de 2009

Abril

Abril
Capítulo I: Lluvia
Estabas allí en frente cuando te ví, no sé exactamente si era la primera vez, como tampoco sé si tú cruzaste la calle o yo lo hice, muy bien no recuerdo, pues verás la memoria con algunos años a veces, a los de por estas tierras nos juega una mala pasada. Te acercaste como un tren que llegaba a su destino, no hice más que mirarte y avanzaste sobre mí como queriendo apresurarte a darme un beso en la mejilla, cuando como un disparo salió de mi brazo derecho mi mano extendida y estreché la tuya.
Era obvio que eras tú. Pensé por un instante qué hacer, o quedarme allí a tu lado con el riesgo de caer ante tu sonrisa o salir corriendo como un loco desesperado con el riesgo de perderme lo que el destino me tenía preparado. Pues no me animé y te invité a acompañarme, luego de caminar unas cuadras, entre risas y miradas, me dí cuenta que guardabas en las manos un gran secreto para mí. ¿Debí preguntarte?¿debía asegurarme de que jamás me lastimaras? No lo sé, estabamos allí justos los dos bajo ese cielo que pronto empezaría a caerse en forma de lluvia. Veía en tu rostro, algo cansado, algo intrigado, un cierto aire de reverencia, hasta ahora nunca te lo había dicho, pero mis ojos también tienen voz, también dicen y quizas mucho más que yo.
Y allí estabas buscando un sitio donde sentarnos sin molestar a nadie, en el cual a lo mejor hasta llegaras a abrazarme, eso sí, si yo lo permitía. Recuerdo que fue en el lugar que hoy esta siendo demolido, creo que van a poner un local, de esos que hay ahora, esos que están de moda. En fin, pudo ser peor, sólo que esa vez mi boca no estaba dispuesta a decir la verdad, y te mentí hasta mi nombre, cuantas cosas inventé, para hacer parecer mi vida aunque sea un poco más interesante, totalmente desprevenido de que al conocerte, jamás volvería a ser el mismo.
¿Pero quien era? Ya no lo recuerdo.
La cuidad comenzaba a apagarse y la lluvia a caer, las gotas rodaban por tus mejillas y tú sólo me escuchabas, recuerdo tus gestos, simulando que lo que yo decía te importaba, pero en fin, nadie jamás me prestó tanta atención. A lo mejor aquello fue lo que me obligó a mentir, es decir, quién puede sostener una conversación con un desconocido por más de veinte minutos sin hablar de la lluvia, cuando el cielo esta cayendo. Parecías comprenderme, digo parecías porque a lo mejor ni me escuchabas, pero me vastó con tu mirada, me daba cuenta que te tenía entre mis manos, era una relación asimétrica, yo dominaba y eso me encantaba o más te gustaba a tí, no lo sé, quizás el pasado quiso entrometerse y arruinarlo todo y no lo permitimos. Siempre me caracterizé por decir lo que pienso, algunos lo llaman sinceridad, otros incontinencia verbal, yo prefiero decirle genuidad. Pero aquella noche no te dije todo, por lo menos no todo lo que pensaba, creo que si te lo decía te levantabas y te hibas, al no ser que mis relatos te tuvieran tan cautivado. De todas formas conmigo estabas, y yo me sentía el chico más afortunado de todos. ¿Eras lo que yo buscaba? No, aunque de alguna forma lograste captar toda mi atención y que aquella noche terminara por derribar el muro que entre el mundo y yo había construído para no salir lastimado, es decir, podía hablar de todo y con todos, menos de eso y menos con esos.